El matrimonio del cielo y el infierno - Les Matarifes f6
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Les Matarifes f6 // sesión 20

«El matrimonio del cielo y el infierno» de Instituto Stocos // 14 de abril de 2018 // Naves Matadero -CIAV // Madrid

01 Carlos Diez

Carlos Diez

«La única expectativa que tengo es que sea lo suficientemente bueno como para abstraerme de la realidad…»

02 Diego Bagnera

Diego Bagnera

«Tengo expectativas bastante altas, conozco la compañía y me interesa su investigación en torno al cuerpo en relación con el movimiento y las nuevas tecnologías…»

03 Gabriel Ignacio

Gabriel Ignacio

«No sé lo que voy a ver. Y de hecho es lo que me gusta. La sorpresa. Por el hecho de estar en Naves Matadero, espero sea algo original…»

atención

Les Matarifes invitados, nos hablan de sus expectativas momentos antes de comenzar la función.

percepción

Les Matarifes invitados, nos hablan de sus expectativas nada más terminar la función.

participación

Les Matarifes invitados nos envían un correo electrónico, una semana después, con el recuerdo que tienen de lo acontecido.

Carlos Diez:

 

Lo bueno de ir a un montaje sin expectativas es que no se pueden incumplir.

 

Grandes bailarines, técnica espléndida, espectáculo demasiado largo, montaje muy manido y cero innovación ¿Lo recomendaría? Según el nivel cultural/intelectual de la persona.

Diego Bagnera:

 

Al cabo de unos días de haber visto la función de Institutos Stocos, cuando vuelvo a pensar en ella, voluntaria o involuntariamente, va diluyéndose en mí la sensación de montaje, más que extenso, extendido que motivó que se me hiciera un poco más largo y descompensado de lo que esperaba al mismo tiempo que ha ido y sigue acentuándose y aumentando el impacto que los bailarines y Muriel Romero me produjeron a nivel coreográfico y de movimiento.

 

Vuelven incluso a mi memoria algunos pasajes, para mí muy logrados, de la relación entre los bailarines y los sensores de movimiento que, hasta donde creí entender, construían el espacio sonoro con cada acción, las cuales, al escuchar los intérpretes la expansión sonora que ellos mismos generaban, los empujaban de algún modo a una reacción física que hasta ese instante acaso desconocían, siguiendo así una de las premisas de Forsythe, para quien lo importante, según suele decir, es dónde el bailarín deja el movimiento, no dónde lo pone, sino dónde lo deja, como si el movimiento fuera algo de lo que el bailarín necesitase despojarse, quitárselo de encima para luego, desde la quietud, volver a ser inundado por algo que lo afecte y que lo empuje a moverse otra vez, como quien busca una y otra vez desprenderse de una acción que le llega y lo mueve a una continua reacción en el largo proceso de evaporación que somos.

 

En este mismo sentido, y pese a cierto agotamiento de la atención con el que llegué al final del montaje, se me ha quedado grabado uno de los últimos pasajes en los que bailan juntos Fabrice Edelmann y Arnau Pérez. Además de brillante a todos los niveles, me pareció verdaderamente diferenciador y novedoso respecto de todo lo anterior y enriquecía el trabajo global, introducía otras notas, otro código en un contexto que a esa altura había quedado (para mi gusto) demasiado igualado y reiterativo.

 

Sigo sintiendo, por último, que incluso desde una escritura atonal, abierta, rota y abstracta, se podría explorar y explotar dramatúrgica y escénicamente mucho más el riquísimo material de William Blake desde el que la compañía parte. Entiendo que trabajan con líneas de investigación muy precisas, regidas por lo técnico en mil aspectos, pero, en el contexto de un trabajo de acabado estético con vistas a un público, y al apoyarse en Blake y en sentencias como «El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría», esperaba (quizá equivocadamente) un mayor desborde, un mayor exceso (quizá incluso más riesgo) reales en lo formal, siquiera en algunos momentos vinculados a lo infernal y lo dionisiaco.

No esperaba en cambio que todo estuviera (o me lo ha parecido a mí) tan reglado, tan formalmente (y brillantemente) controlado, que todo fuera tan apolíneo. Es posible que yo me haya quedado fuera del código de relación de los bailarines con el espacio sonoro que acaso ellos crearon en todo momento (no lo sentí así); es posible incluso que muchos pasajes hayan estado más improvisados que lo que yo he sentido, pero tenía expectativas –culpa mía y de los programas de mano– de un mayor contraste entre los opuestos que simbólicamente da a sentir Blake.

 

Al leer la sentencia del propio Blake que los creadores citan –«La razón es el límite o la circunferencia exterior de la energía corporal»–, creía que esa energía corporal rompería más lo estrictamente coreográfico, ordenado y racional y se impondría con un desborde de las formas en el que la técnica importara ya menos y donde lo perfomático se impusiera a la representación. Insisto en que lo mismo eso sucedió en la escena, pero, en mi caso, no ha llegado a hacerse del todo sensible como para introducirme en ese código. Por lo demás, como ya comenté en los vídeos, muchas de mis expectativas de espectador se mantienen cumplidas con creces.
Gabriel Ignacio:

 

Creo que la obra podría recortarse para evitar que uno se canse.

 

Han sido dos horas cuando en el programa indican 90 minutos de duración.

 

Pero de todas formas la coreografía, los bailarines y la utilización de la tecnología me han parecido muy buenos.

Pincha en la imagen para ver la información de la pieza.